Me despierto en la noche y te sueño a mi lado. Busco tu presencia en la cama y lo único que me devuelve mi mano es la frialdad de un vacío. Al acercarla a mi nariz, me parece que siento el olor de tu cuerpo. Mi tacto me engaña, haciéndome sentir que mis dedos aún siguen ensortijados en tu pelo, enredados como nuestros corazones en la distancia.
El calor de mi cama me hace acariciar aún la idea de que vengas a mi lado, la idea de que estés en el baño, o en la cocina preparando café. Mis oídos no perciben sonido alguno, sólo el monótono zumbido de los grillos que ya pronto se irán a dormir su larga noche de invierno.
Abro los ojos, no estás aquí. Mi mano busca el móvil en la mesilla de noche. A tientas lo encuento, a ciegas lo enciendo, sordo hasta que una musiquilla delata al mensajero. La vigilia gana la batalla y de un salto me levanto a leerlo. ¡Eres tú! ¡Así te pones de manifiesto en mis mañanas! De la misma forma que endulzas todas mis noches.
El tiempo pasa, unas veces más lento y otras veces menos pero inexorable acorta los días que me separan de ti. Mientras tanto, mi único ánimo es verte tras una pantalla, mi único deseo poder traspasarla y estrecharte en mis brazos, mi única alegría que cada día se acorta esa distancia tanto como crece mi amor y mi único consuelo ... soñar tu presencia. ¡Te quiero!
martes, 21 de octubre de 2008
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